FRASE CELEBRE

"Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras." Truman Capote

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DEDICADO A MIS PADRES

martes, junio 27, 2006

UNA ALMENDRITA CUBANA


Una Almendrita cubana.. Es un cuentecito infantil escrito para que los niños conozcan como una persona nace, crece y se desarrolla, con ideales, y principios definidos a pesar de las adversidades.

En ciudad de la Habana allá por los años cincuenta nació una niña muy pequeñita, tanto que muchos familiares la llamaron Almendrita como la del cuento infantil. Y aunque no cabía en una hoja silvestre, ni tuvo que casarse con un sapo toro, les dio mucho trabajo a sus papás para que creciera aunque fuera un poquito.

Para eso tuvo su mamá que alimentarla con la leche de una chivita muy graciosa que cada vez que la ordeñaban berreaba a más no poder, aunque nunca negó su leche para la pequeña que gracias a todos estos cuidados comenzó a crecer y crecer increíblemente.

Esta niña nació en un hogar humilde como el de casi todos los cubanos , pero tenía lo necesario para vestirse, comer y jugar como todos los niños.

Su mamá era maestra y su papá militar académico. Un hombre muy honrado y servicial que sentía mucho orgullo y respeto por el uniforme que vestía en honor al ejército de la República al cual pertenecía desde los años 40. Disciplina que le trasmitió a toda la familia entre los valores humanos.

La vida de la llamada Almendrita transitó feliz todo este tiempo, llena de mimos y todo el cariño que los padres le profesan a sus hijos. Al año le nació una hermanita con quien compartir, y entre las dos llenaron de orgullo el hogar familiar.

Almendrita desde los cuatro años comenzó a asistir a la escuela, porque aunque no tenía edad para eso, lloraba tanto que una "maestra normalista", como se les llamaba a las maestras de kindergarten en aquellos tiempos, convenció a la madre de esta para que la matriculara. Y como su mamá daba clases en el mismo centro escolar, asintió sin mucha oposición.

Desde que comenzó el Preescolar era muy aplicada, e inteligente, y lo que más le gustaba era declamar y bailar el zapateo cubano, por eso en todas las actividades de la escuela la escogían para que participara en las danzas y hasta una que otra vez interpretó papeles en el teatro escolar, porque además la actuación era otro de sus gustos predilectos.

Su maestra la quería mucho porque además de obediente no dejó un sólo día de ponerle flores al busto de nuestro apóstol José Martí. También compartía su merienda con los niños que por problemas económicos de la familia no podían llevar ni un pan con azúcar.

Un día inesperado comenzaron las revueltas en el país, y de pronto se fue un gobernante y llegó otro y como es lógico las cosas cambiaron para muchas familias entre ellas las de Almendrita.

Entonces comenzaron las dificultades en el hogar, y las humillaciones por problemas ideológicos, porque existen personas que no comprenden que cada cual cree y piensa como quiere y nada es a la fuerza.

El país se convirtió en una eterna lucha por la supervivencia. Ya su papá no tenía trabajo, por lo que tampoco volvieron los Reyes Magos el 6 de enero a dejar sus regalos sobre los zapatitos que esperaban impacientes debajo de la cama.

A la mamá también la expulsaron de la escuela porque decían que era esposa de un esbirro y podía hacerle daño a los niños de los revolucionarios.

Almendrita tuvo que sufrir muchas humillaciones que las personas de mala fe les hacían a sus padres, y aunque era muy pequeña para entender de clases, ni de política, razonaba como una adulta y le aseguraba a sus papás que algún día las cosas serían diferentes.

Su papá fue expulsado de las filas del ejército porque la nueva clase que comenzó a surgir después del 1959 no lo quiso más, acusándolo de muchas cosas feas, y por esas causas le prohibían hasta transitar por las calles libremente.

Un mal día del año l961, comenzaron a volar unos aviones sobre Cuba y detuvieron al papá de Almendrita llevándolo inmediatamente para la cárcel, donde lo confinaron primero a solitario y después a calabozo.

Almendrita lloraba mucho por lo de su papá y cuando iba a la visita se colgaba de las puertas del penal para que no se la llevaran, porque ella quería quedarse allí con él.

Muchas veces le suplicó a los militares que cuidaban el lugar que lo soltaran porque el nada había hecho, pero sus súplicas quedaban sin respuestas, solamente el silencio, y un hasta luego que le dolía mucho.

No existen palabras suficientes para narrar todo lo que la niña sufrió viendo a su papá preso y a su mamá haciendo labores domesticas para poder sobrevivir.
Y así se le veía con su hermanita ayudando a la madre a entregar los cajones de ropa lavada y planchada a personas que recibían el trabajo por la cerca y no les abría la puerta, sumiéndola en el peor de los desprecios porque se creían superiores.

Esta pequeñita niña al fin se hizo mujer y un buen día se propuso averiguar si existía algo qué pudiera hacer para liberar a personas que como ella vivían sin derechos ni justicia

Por eso comenzó a leer materiales libres y a conocer a personas que pensaban como ella, y denunciaban al mundo todas las violaciones de los derechos del hombre.

Entonces nuestra Almendrita se llenó de valentía y comenzó la lucha pacífica. Primero se integró a grupos de Derechos Humanos. Después fundó la prensa independiente junto a hombres y mujeres de a pie, además de escritores y poetas que pensaban al igual que ella.

Pero a partir de esta decisión la vida se le comenzó a complicar, pues existen hombres que no entienden la palabra independiente, y todo se convirtió en una lucha.

Detenciones, encarcelamientos y registros, por doquier, pero mientras más hostigamiento existía más deseos de luchar tenía la niña hecha mujer.

Para llevar también el saber a los lugares más intrincados de su pueblo, se integró al Proyecto de Bibliotecas Independientes. Un proyecto que surgió en la parte más oriental de la isla, gracias a la iniciativa de dos personas que no pudieron soportar las mentiras del gobernante cubano cuando aseguró delante de un alto número de periodistas extranjeros que en Cuba no habían libros prohibidos, sino que el pueblo no tenía con que comprarlos…

Nuestra amiguita no sólo puso su biblioteca al servicio del pueblo, sino que hizo muchas actividades para los niños, al igual que repartió ropa y zapatos a los más necesitados, confeccionadas con ropa reciclada y con sus propias manos.

Pero todas estas cosas tan bonitas y humanas fueron mal vistas por los militares del gobierno y más de una vez invadieron la vivienda de Almendrita revolcándolo todo, y llevándose los libros, las revistas, y todo aquello que para ellos era subversivo.

Almendrita no sabía que hacer, pero aún así y a pesar de la cantidad de militares que acechaban su casita diariamente, no se detenía, porque estaba muy segura de que algún día las cosas cambiarían y el pueblo sería libre y feliz como una vez le prometió a sus padres.

En uno de los últimos registros Almendrita sufrió un golpe muy fuerte porque después de un intenso registro donde le llevaron hasta una maquinita de escribir muy viejecita y llena de oxido, regalo de uno de sus compañeros de lucha, su anciana madre se puso tan nerviosa por la cantidad de policías que entraron a la casa, que le comenzó un dolor muy fuerte en el pecho y falleció, quedándose Almendrita sola con su papá también anciano, ciego e invalido.

Pero esta mujer no desfalleció, al contrario continúo la lucha a pesar de su dolor y del año que tuvo que permanecer bajo prisión domiciliaria, acusada de intentar contra la soberanía del país, mercenaria, contrarrevolucionaria, y espía entre otras calumnias desestabilizadoras que le hizo la gente mala que no entiende de libertades.

Cuando cumplió su sanción, hostigada y acosada a cada paso, además del sin número de agresiones físicas y emocionales que recibía como castigo a su desobediencia civil decidió ante una instrucción de cargos impuesta por el gobierno de 20 años de privación carcelaria si continuaba en sus actividades de comunicación social independientes, pedir asilo político a la Embajada de los Estados Unidos para salvarse de la cárcel o de la muerte de ella y de su familia.

Hoy Almendrita, ya vieja, cansada, llena de heridas en el alma, sobrevive en el noroeste de Miami. Pocos son sus amigos, y su economía familiar es sumamente difícil.
Tal vez nadie la recuerde. Otros ni siquiera les importe recordarla, pero sigue viva a pesar del olvido de aquellos que consideró sus hermanos de lucha, y con la esperanza de que un día no muy lejano poder regresar a su patria querida.

miércoles, junio 21, 2006

POBRE TOMÁS

(Esta crónica fue publicada en la Revista Hispano Cubana en España en el año 2003, pero por su actualidad dentro de Cuba, es un tema que merece ser renovado cada vez que sea necesario.)
Por: Adela Soto Álvarez

Tomás es un mulo pinareño que después de desafiar los malos caminos, el fango y la pesada carga que le imponía su arriero en la Tierra Gorda, uno de los más intrincados lugares de la provincia de Pinar del Río, fue trasladado a la ciudad con el fin de ponerlo a disposición de un coche de tracción animal.


Fue la decisión de su dueño ante la caótica situación del transporte público, lo que además le permitiría obtener recursos con los cuales satisfacer sus apremios económicos.


A Tomás lo he visto transportar desde el hospital Abel Santamaría hasta la terminal de ómnibus interprovincial, la astronómica cifra de 16 pasajeros de diferentes talla y peso, con sus respectivos equipajes, y en un coche con capacidad para diez personas a lo sumo.


La verdad es que a su dueño debían sustituirle el coche por un biciexpreso para que demostrara con sus propias piernas y su malnutrición la valentía que refleja en su rostro a expensas del indefenso animal que corcovea, resbala, o incluso se niega a caminar ante la desmesura del esfuerzo a que le obligan.


Pobre Tomás, a rastras con una carga con la que no puede y ante la que cede finalmente por el látigo y los insultos, a pesar de que probablemente no ha podido tomar un sorbo de agua fresca o un bocado de yerba.


Este pobre animal, con melena recortada y cola deshecha, ayuda día a día a aliviar la pésima situación del transporte en la ciudad, sobre todo a la hora en que la cosa se pone caliente, al tiempo que ofrece un extraordinario aporte al bolsillo de su amo abusador.


Con perdón del que hace las leyes, yo le añadiría una página al Código penal que sancionara con severidad el abuso de los animales, tanto o más que al hurto o sacrificio de ganado mayor.


Si Tomás es obligado a continuar con ese ritmo de trabajo por más de doce horas de labor diaria, no le pronostico ni un año más de vida. Además de que afectaría al transporte público, incluso para trasladar enfermos al hospital sustituyendo a las inexistentes ambulancias.


Nada, que en una sociedad con tantas penurias y en las que existen demasiadas leyes para prohibirlo casi todo, alguna ley debia existir para proteger a los animales.


La deshumanización consecuencia de la miseria va siendo cada vez más un rasgo de nuestra sociedad, al extremo de que nadie considera las dolencias del prójimo, imaginense la de un equino, mal oliente, viejo y que no puede quejarse, ni siquiera patear al dueño, que sería su única arma de combate.


miércoles, junio 14, 2006

APUNTES DEL RECUERDO

(Este es el prólogo del libro de crónicas del periodista Raúl Delgado Baguer editado en Miami 2006, que relata sucesos ocurridos en la provincia de Pinar del Río-Cuba antes y después del 1959.
Raúl con una maestría inigualable, recopiló en este anecdotario lleno de pinceladas cubanas, y un costrumbrimos que contagia, sus recuerdos y su amor a la patria que un día tuvo que abandonar por razones políticas.)

P r ó l o g o
Por: Adela Soto
Cuando vamos a prologar, rebuscamos adjetivos para dar ejemplos de fidelidad y belleza. Otras veces transitamos por los tropos literarios en busca también de lo perfecto en el arte de decir, pero cuando lo hacemos frente a una obra como la de Raúl Delgado Baguer, uno de los cubanos desterrados al exilio; quien ha tenido que sufrir el inmenso dolor de ver lejana y cautiva la patria que lo vio nacer, es un honor y un privilegio.


Por lo que las palabras sobran ante la innata hermosura que ha dejado en cada sílaba de este anecdotario, escrito con todo el amor y la añoranza que lo embarga y dedicado especialmente a un recuerdo que prevalece a pesar de las 90 millas, y los años que hoy curten su piel y su memoria.

Crónicas costumbristas y tradicionales, llenas de remembranzas, donde el sufrimiento por su país, y su pueblecito hundido en una de las provincias más occidentales de Cuba, conocido como San Luís, son los protagonistas que componen las páginas de este libro, donde relata con frescura y cariño las vivencias de una larga vida de más de ochenta años dedicados a la construcción de la armonía, la paz y la justicia.

Este hombre, simple, atinado, honesto, con una rectitud personal que ennoblece, nos relata la savia de su terruño, con hechos muchas veces insólitos, pero tan reales como lo son los personajes populares que describe con una maestría admirable, ocurridos en su amada Cuba o fuera de ella, pero donde cada narración es un testimonio de sus inquietudes, sus preocupaciones, la forma en que vio y ve la vida, la nostalgia que siente cuando el horizonte le parece más lejano. Unas veces como hermano, hijo, tío, amigo, Pastor auxiliar, Jefe de un periódico, Procurador Público, o simple periodista, pero más que todo eso…como ser humano.

Sus amigos de la niñez, la juventud. Su familia, el crujir de la tierra bajo los pies descalzos, o la tenue luz de una lámpara casera. Las golondrinas de Mario que no volverán mientras la patria continué esclavizada.

Sus amigos Marimón y Sotolongo, dos médicos cubanos trágicamente fallecidos. Adolfo Valdés, Lino Falero, Los cuentos de Cheo, Perico Pajuela, u otros tantos personajes llevados a la crónica con destreza y devoción. Todos envueltos en una gama de experiencias, y consejos bastos en la filosofía de la vida que ha transitado, y donde la fe en Dios ha sido su mayor arma de combate, su asidero, su salvación y su gloria.

La conmovedora carta de su sobrina Carmita escrita desde la patria querida. El regocijo de haber llegado a los 85 años y continuar aportándole a la vida su sabiduría y presencia. En fin una avalancha de reminiscencias inolvidables envueltas en la más fina de las ternuras a pesar de su temperamento lacónico y grave, las que reviven en cada crónica las múltiples noches de insomnio dedicadas al trayecto que lo separa de sus raíces.

Raúl Delgado Baguer, nació en el municipio de San Luís provincia de Pinar del Río Cuba el día 28 de marzo de 1916 bajo Aries primer signo del zodiaco, asociado con la primavera y el renacimiento, además de su franqueza, energía, entusiasmo, capacidad e independencia y el cual recoge toda la delicadeza, la humildad y la tenacidad de una naturaleza armoniosa.

Hijo de Julián y Amada de origen campesino, luchó incansablemente por lograr uno de sus anhelados sueños juveniles que no fue otro que ser Periodista y con su trabajo, enarbolar la libre expresión de las ideas, y la libertad total de la palabra.

La vida de este hombre ha sido intensa. Con una inteligencia tajante y una apasionada forma de expresión, ha rechazado las transigencias y las mentiras, y ha ido dejando en cada paso una fábula preñada de sabiduría para el aprendizaje de las nuevas generaciones

Cada crónica escrita con el corazón y la añoranza revela las costumbres de la Cuba de ayer, los sucesos acaecidos en los años posteriores a la toma del poder del tirano Fidel Castro, las arbitrariedades del sistema, la represión y la huida de sus pobladores ante la ignominia que los aplasta.

La obra de Raúl Delgado Baguer es una fuente de realidades, preceptos, y discernimientos, la que a pesar de los conflictos emocionales, va cargada de la más hermosa melodía.

Dejemos pues este hermoso anecdotario a la reflexión y a la lectura y aprendamos que la vida no es más que un almacén de frustraciones, alegrías, y experiencias que todas juntas salen a la pluma para que quienes tengan la dicha, puedan descubrir en su contenido la mejor forma de vivir a pesar de los golpes del camino.


NOSTALGIAS EN LA MAYOR


(Poesía 2005)
Por: Adela Soto)


No sabes cuanto siento seguir en esta sombra
Sin saber en qué noche regresaré del todo
con las alas abiertas y los ojos en siempre

Siento escuchar tu voz rompiendo mi paciencia
tú ronca voz de ángel taciturno
para mi pena aguda

Ayer no es suficiente
mañana será poco

Te necesito ahora
sorprendida
desnuda
aunque sea en la pausa
pero inmortal y libre
para que no me duela haberte abandonado

Este sueño que vaga
me lleva a tus esquinas
me revuelca y me mata

Y por mucho que sueñe
permanezco sin ti

Pedacito de isla
que se me clava fuerte


II

Voy por la calle sedienta y siento frío
Un frío que lacera y me consume

La añoranza también me llena sin saberlo
Y siento que me faltas en todas las esquinas

Que me faltas y duele
duele sin repetirlo

Aunque nadie lo note
Aunque nadie descubra mi lágrima infinita

Cuánto diera por transitar tus montes
tus montes más profundos,
soberanos del todo

Sin que nadie se interponga a que te llame mía

Y poder abrazarme a tus terruños

Mi pobre tierra ausente
que abandoné en silencio
pero que llevo a gritos

En cada dolor seco
en cada poro abierto
en cada bofetada que me concede el tiempo.


III

La casa está muda
como una caracola enroscada y sin ruidos

Solamente se escucha el dolor de los puertos
y el arpa solitaria de un pasado nulo

Cuanto quisiera desempolvar el tiempo
y hacer una gran fiesta

Gritarle que me muero
de tanta algarabía
patética y volcánica

Pero mi voz se apaga
entre lágrimas feroces y malévolas

Y tú sigues ahí eternamente triste
mientras se acaba el sueño
en mi festín de auroras

lunes, mayo 08, 2006

HOSPITAL PSIQUIATRICO


Capitulo de la novela El Imperio de la Simulación

Esta historia es real, ocurrida en un hospital psquiátrico cubano....


Fue una tarde de sorpresas, increíblemente me habían enviado para Cuba con la misión internacionalista sin cumplir, pero con un diagnóstico de neurosis complicada con trastornos emocionales, aunque nunca dijeron que decepcionada de la vida y enferma de tantos maltratos psicológicos y morales. Pero bueno nada me importaban las prescripciones en ese momento, lo que necesitaba era huir de aquel torbellino de amarguras, acosos y miedos que por más treinta meses me estuvo turbando la psiquis.

Pensé había llegado a mi hogar, pero desgraciadamente no fue así. Después de bajar del avión solamente tropecé con silencios, rostros desconocidos y muy serios, frialdad y dos ambulancias llenas de enfermeras, que de forma rápida me suministraban auxilios y medicamentos, sin dejar de mirar para mi rostro.

Imagine parecerles una extraterrestre por sus expresiones, por lo que disimuladamente traté de encontrarme en los reflejos de uno de los cristales de las ventanas, que aunque cerradas herméticamente permitían mi reflejo aunque con una débil silueta.

La sirena de la ambulancia pedía vía a grito limpio, hasta creí que estaba totalmente loca o muy enferma y me lo habían ocultado, pero mucha más loca me sentí cuando me bajaron en la consulta del cuerpo de guardia, y a corta distancia divisé a algunos pacientes que esperaban ser atendidos, los que por su porte y aspecto turbado me delataban a la claras que había llegado a un hospital psiquiátrico.

Aquí solamente me esperaba una nueva odisea de incomprensiones, porque no me sabía loca, aunque era el diagnostico emitido por el médico de la misión, y así sin respuestas comencé mi nueva vida entre fuertes medicamentos, rostros desconocidos, jóvenes escondiéndose de sus recuerdos, otros buscando el azul del firmamento entre el pequeño espacio de sus manos y yo con el exagerado peso de la soledad en las costillas y los ojos llenos de acusaciones.

Dormía y dormía, soñaba y soñaba siempre con los destellos de la luz perturbado en todo momento por el tridente del miedo que punzaba mis neuronas.

Entonces fue cuando estuve segura que toda la tristeza del mundo se había adueñado de mi pobre esqueleto. ¿Tanto daño había hecho en otras vidas, sería el pago a quién sabe que karma? Lo cierto fue que nunca más supe que cosa era ser feliz, este sentimiento nunca más fue capaz de invadirme y entre una melancolía y otra deambule por la vida.

No puedo asegurar el tiempo que transcurrió mientras mi cuerpo permanecía inmutable a la metamorfosis, pero la realidad fue que desperté con el sonido de una lata que atada al tobillo de una muchacha producía un extraño ruido y que según me confesó, la llevaba allí, por si la muerte le llegaba sin avisarle le sirviera de ancla en su vuelo al infinito, pues su mayor anhelo era no regresar nunca más a la tierra, sino vivir su otra vida en una nube.

La miré con tristeza y admiración a la vez .Su mensaje era muy bueno y me hizo pensar. Entonces recorrí todo el cubículo despacito para percatarme de todo lo que en él había.

Caminé en silencio por los pasillos, necesitaba limpiar un poco la piel del asco y la in animación, por eso para salir de mis pensamientos hice lo posible por evadir la realidad tratando de conocer a los que allí habitaban.

El hospital era enorme, salas, pasillos, cubículos aislados y cerrados herméticamente puertas que tal vez te llevaban a la eternidad o al patíbulo.

Incógnitas, escepticismo, una gama de pesares recubiertos por los golpes de la vida, la incomprensión y la abulia como manjares de primer orden , por eso caminé deteniéndome a cada paso y observando como mis compañeros de infortunio tenían todos la mirada perdida en la misma nube que decía la muchacha.

Así anduve por varías horas, hasta que llegué a los cuartos de arriba, los que se denominaban “de los crónicos”. Allí pude ser testigo de cómo se quemaban el pelo con un cigarro unos a los otros .Un muchacho como de veinticinco años arrastraba una piedra con un cordel creyéndola un juguete. Una jovencita de unos dieciocho años cargaba una muñeca de trapo y le cantaba enajenada:

-Duerme niña, duerme niña mía- a la vez que reía mirándola tiernamente.

A pocos metros Tutú, porque así le apodaban al anciano, contaba unos cigarros y decía que eran para el emperador, porque un jovencito se los quería quitar. Frente a ellos estaban cinco más de diferentes edades con las ropas deshechas por el uso y los zapatos rotos, velando al que entrara o saliera para picarles un cigarro o pedirles unas monedas para comprar alguna golosina en la cafetería del hospital.

En una de las esquinas del recibidor sentada sobre una desvencijada silla de hierro estaba Clara con la mirada ausente y la memoria atada al mal de amores.

Se había pasado muchos años de curandero en curandero tratando de lograr un amarré para Carlos Méndez un hombre que nunca la amó, pero ella lo llevaba para siempre en el deseo. Deseo que la condujo a la neurosis y de esta al manicomio.

Junto a ella de pie con un donaire prepotente, se veía erguida a María la Isleña una de las mujeres más voluntariosas de su aldea. Dicen que el padre la crió como a un macho y ella se lo tomó tan en serio que cuando en un desliz le hicieron una barriga, la soltó sobre las ancas de un caballo que trataba de domar a fuerza de látigo.

De ahí que se le destapó la crisis que ahora la tiene con un pedazo de madera envuelto en un trapo asegurándoles a todos que es la hija que murió pero los santos africanos se la convirtieron en madera para que fuera eterna.

A unos pocos metros de estas, el negro Petronilo observándolo todo sin que se le escapara ni el más mínimo detalle y anotando en una vieja libreta todos los sucesos cotidianos. Sobre el pecho descubierto exhibía con orgullo la esfinge de la Caridad del Cobre sujeta con un cordel tan sucio como sus harapos, a la vez que convocaba a los demás recluidos a rezar tres padres nuestros y tres aves María, para evitar ser víctimas de los horrores del infierno hospitalario.

Sor Marina no lo soportaba, como es lógico en aquellos que no aceptan la verdad porque piensan que lo de ellos es lo bueno, el resto todo es diabólico, por eso le gritaba Belcebú.

Esta pobre mujer no encontraba tregua a su constante contienda. Dicen los más viejos del manicomio que se auto agredía para llegar a Cristo y hasta se clavó la palma de las manos con dos clavos herrumbrosos que casi le provocan el tétanos, porque quería ser canonizada como santa, por eso también decía que le escribió al Obispo trescientas cartas y quinientas al Papa, aunque la mayoría aseguraba que la familia no creía en su santidad, pues se filtró que le comunicaron al médico de asistencia que había sido la única oveja descarriada de la familia y que la cuenta se les había perdido ,pero en los últimos datos callejeros se supo que tuvo hombres hasta por telepatía.

Menelao y Casilda otros dos infelices dementes, se habían dado a la tarea de componer el mundo y aunque decidieron no creer en los hombres porque se consideraban enviados de la providencia, todo el tiempo se la pasaban haciendo lo posible por sacar a los hundidos a flote de los claustros del hospital.

Así se les veía desde las primeras horas de la mañana rodeados de un alta concurrencia que entre aplausos y gritos elogiaban los discursos incoherentes que repetían, algunas veces hasta en octosílabos con una musicalidad increíble y otras a puro llanto.

Algunos pacientes dicen que Casilda cuando joven fue una buena escritora pero un descabellado amor por un cantante de ópera la trastornó, tal vez por eso cuando no estaba remendando las grietas de la sociedad para ella más loca que los locos recluidos, se la pasaba remendando las de su corazón y apretando contra su pecho con sus viejas y cuarteadas manos la chamuscada foto del cantante.

También afirmaban que en un cajón que guardaba con celo debajo de la cama, tenía toda la obra musical del ingrato, el que no sólo la convirtió en un pájaro errante, sino que la sumergió en la java del argot mal intencionado de los lenguinos gratuitos y a sueldo.

Quizás Casilda no estaba tan loca como reafirmaban los fármacos que le suministraban en cantidades espantosas. Yo que la observé mucho tiempo y analicé minuciosamente pienso que estaba enferma de soledad como el resto de los que habitamos la tierra.

Tongo el barbero de mi pueblo para mi asombro también estaba recluido en este hospital psiquiátrico. Fue chulo por muchos años, de él tengo muchas anecedotas que prefiero no contar porque tiene que ver con mi familia, lo que si les aseguro es que cuando lo descubrí a pesar de estar enmascarado detrás de una espesa y sucia barba ,me dieron deseos de patearlo hasta verlo morir, pero como nada iba a lograr con eso, sino que me transfirieran al mismo grupo de los crónicos preferí tragar una vez más ,porque en un final ahora no era más que un hombre agonizante con el sexo vencido, además recordé lo que siempre me dijo mi abuela, que a veces los hombres son lo que la sociedad los obliga a ser, porque no son más que el reflejo y el producto de la humanidad en que nacen y se desarrollan.

Allí junto a Tongo siempre está Jiky la más diestra prostituta de mi aldea, digo la que en vida fue, porque ahora pertenece a la gran rebelión contra los cuerdos y propiedad privada de los loqueros de turno.

A Jiky le había dado por chuparle el rabo a la jutía y no soltaba la latita de alcohol, sustancia que sustraían sus cómplices de la enfermería y se la cambiaban por los cigarros que le daban diariamente para que calmara sus excesos, que aunque se propagandizaba por todos los medios de prensa que daña la salud, los locos tienen su cuota muy bien protegida. No exagero si afirmo que más sistemática que la propia alimentación.

Jiky cada vez que estaba en total estado de embriagues iba a sentarse en uno de los bancos del parquecito del manicomio. Allí se pasaba las horas gimiendo con las piernas más abiertas que una tijera, hasta que Sansón con su melena a media espalda y el florete encendido se le abalanzaba haciéndole justicia delante de todos los presentes.

Este espectáculo nocturno se había convertido en la mejor o tal vez la única recreación de los enfermos, todo bajo la imaginaria guitarra de Paco de Lucia, que tocaba su también imaginaria balada española y de cuando en cuando hacía un paréntesis musical para masturbarse públicamente.

Frente a este espectáculo nocturno estaba Filito un anciano octogenario que no tuvo niñez, ni adolescencia y en ese momento la quemaba dirigiendo la manada de psiquiátricos a pura orden

Filito cuando no estaba en el flanco delantero obligando a los demás a hacer lo que a él se le antojaba, sin importarle criterios, deseos e ideas, que aunque perturbadas a veces, eran mejores que las de los denominados cuerdos, se la pasaba jugando a los soldaditos de plomo con los seres humanos, porque se le había metido en la cabeza que todos allí estaban bajo su ordene y mando.

Cuando supe su verdad sentí pena por él, pobre viejo, realmente se le había quedado frustrada la infancia en el subconsciente y como ya no estaba consciente le afloraba la frustrada niñez, por lo que se vengaba sin darse cuenta de los más infelices.

De segunda al mando estaba Casilda, una endurecida mujer que no perdía la manía de revisar todo lo que le rodeaba para después arremeter contra el primero que la mirara a derechas.

Casilda tenía más de siete ingresos desde su juventud, por eso en sus ojos el odio habitaba como lentes de contacto .Algunos afirmaban que su locura estribaba en la frustración de no poder tener hijos, porque un médico le cortó los órganos productivos para evitarle el embarazo, que según las malas lenguas era de él y no quería que le saliera a la cara.

Este médico limpió su supuesto pecado, y la pobre mujer languidecía sin importarle a nadie. Muchos pensaban que sudaba, pero yo que la observé detenidamente sabía que lo que corría por sus mejillas no eran gotas de calor, sino del llanto del alma.

Cristina era la secretaria, jovencita y hermosa, no supe su edad, pero parecía una adolescente. Cuando menos se esperaba quedaba ante todos como dios la trajo al mundo y sin el menor pudor se contoneaba por el lugar despertando el apetito carnal entre la demente concurrencia.

Tenía los ojos grandes y expresivos, parecían ojos de oración siempre mirando al cielo. Al observadla cualquiera podía pensar que el grito saldría en cualquier momento, pero a la pobre muchacha no le quedaba voz, por eso no soltaba el pedazo de cartón que sujeto fuertemente permanecía todo el tiempo entre sus manos y expuesto a la concurrencia.

En este pedazo de cartón decía con letras negras y grandes:”En estos tiempos es mejor estar mudo y loco, la gente puede despertar y entonces dónde se meten los parlanchines y cuerdos”.

Entre cuchicheos, murmullos y un lenguaje intimo y secreto, propio de los impedidos mentales, se comentaba muy cerca del patiecito intermedio que daba a las salas de atrás
la intervención de Satanás el diablo, en cuatro ahorcamientos ocurridos en cadena días antes de mi ingreso.

Uno de ellos, según decía un anciana a la que todos llamaban la Clarividente , fue el de una poetisa sin suerte que desenfundó su musa en una tertulia literaria dirigida por un Topo sabio en literatura y amiguismo barato, y que la descuartizó sin darse cuanta que el que comienza en el arte carece de conocimientos y necesita ayuda especializada.

Lo cierto fue que aseguraban que la ingenua muchacha además de novata ante el enfrentamiento con los trogloditas de la palestra oficial , ante la vergüenza pública no encontraron más salida que ponerse la soga al cuello, afectada por la constante paranoia de escuchar hasta a los perros y a los gatos gritarles cursi.

Solamente de esta muerte se supo las causas y no de las otras porque antes del ahorcamiento le había escrito una carta a Bárbara la Leguleya de los pobres, creyendo que esta le haría justicia. La pobre muchacha se apuro tanto en morir que no pudo enterarse que ya Bárbara había dejado el oficio de leguleya por el de Elena de Troya.

¿Quién sabe si dentro de aquellos enfermos mentales habían héroes marginados, militares valientes y sin suerte, mujeres mancilladas o cometidas y otras enfermas por la mala suerte y la incomprensión social, además de los sometimientos y agresividad de los propios seres humanos.

Indudablemente la locura encontró cobija en la mente de estos pobres hombres y mujeres convirtiéndolos en el alma y reír de los que alaban la cordura, sin darse cuenta que en el mundo el hombre no es más que el bufón de un espectáculo y la sociedad la concurrencia que los juzga degüella y aplaude.

Debatiéndome entre estos pensamientos estuve por un tiempo indeterminadado, así llegó el almuerzo cargado de nuevos conflictos y experiencias.

Los empleados de la enfermería juntaban a los enfermos como manada, después los dirigían a las mesas colectivas donde los esperaba el alimento , el que servían en bandejas de aluminio en mal estado y donde la variedad no pasaba de un poquito de arroz, chícharos y un huevo hervido de color verde por las horas que llevaba de cocido.

Todo esto acompañado de una cucharada sopera de dulce de boniato, leche si había abundante, pero a granel servida en un cubo plástico que por tapa llevaba un paño de color gris, que tal vez en su inicio fue blanco, pero ya el empercudimiento y la suciedad le habían cambiado de color.

Esta leche no se podía ingerir hasta después de terminado el almuerzo, por eso los enfermos agudos comían desesperadamente para ver quien era el primero en introducir en el cubo su jarro o lata, mientras los crónicos se abalanzaban sin terminar el almuerzo embarrándose hasta el pelo con la leche que a la vez chapuleteaban a causa del desequilibrio corporal . Todo era un verdadero desastre y mucho mayor cuando escuchabas las palabras descompuestas de los empleados de servicio de comedor que sin conciencia los empujaban hasta derribarlos en el piso.

Solamente los ingresados en observación podían almorzar con un poco de tranquilidad. Aquellas escenas parecían tomas de una película de ficción.

No podía dar crédito a lo que mis ojos veían, ¿cómo era posible que estuviera allí, estaría loca, todos estarían locos, o tal vez los habían vuelto locos? Y digo así por una historia que recontó una anciana días después sobre lo sucedido a Lucas y estoy segura que fue tal como me lo contó.

Según me contó la anciana Lucas era un joven normal de veintidós años, algo mimado por ser el menor de cinco hermanos, y criado bajo la saya de la madre como dice el refrán

Pero no se metía con nadie, y se pasaba todo el día escuchando música en una grabadora que ella y el padre le regalaron, gracias a unos ahorros de casi diez años, y desearon estimularlos como padres al fin.

Este joven escuchaba música en compañía de varios amiguitos del barrio y disfrutaba como es común en la juventud de música extranjera, pues la nacional no a todos le interesa.

La anciana me aseguró que un buen día apareció en una escuela cercana a su domicilio un cartel en contra del régimen imperante pidiendo libertad y comida.

Como es de imaginarse inmediatamente la zona se convirtió en un puesto de mando del ejército y entre estos los Búhos del Núcleo de Moralistas y las cornetas de turno pidiendo sangre para el culpable.

Entre las investigaciones realizadas estuvo la entrevista a todos los jóvenes sospechosos de la cuadra, y no por delincuentes, sino porque no trabajaban, ni estudiaban muchos tenían aplicada la peligrosidad, y no porque hicieron algo indebido, sino por si lo hacían.

Entre estos estaba Lucas que aunque no era, ni lo uno ni lo otro, no trabajaba ni estudiaba por problemas de salud, y sí escuchaba música extrajera y se agrupaba en las esquinas para calmar el tedio.

Inmaduro e introvertido se sintió acusado con la entrevista creyendo que pudieran culparlo, por lo que trató de hacer algo para librarse de la acusación, entonces fue cuando pensó actuar como un enfermo psiquiátrico y se abalanzo sobre la calle dejándose caer en medio de la vía.

Los vecinos al ver aquello gritaron asustados. Uno de los más cercanos corrió en su auxilio y lo levantó de la vía evitando que un vehículo lo aplastara. Por otra parte los oficiales del puesto de mando instalado provisionalmente en el lugar, llamaron al carro patrullero y éste lo condujo al hospital, de este lo trasladaron al Psiquiátrico, lugar donde es mejor no ir nunca.

Desgraciadamente Lucas era muy inexperto y joven y sin comunicarle a nadie su miedo y mucho menos lo que hizo y el por qué lo hizo, pero creyó encontrar en este hospital su salvación y allí estuvo durante un largo tiempo, entre fuertes psicofármacos que no necesitaba y electrochoques que tampoco llevaba, y al cabo de dos meses al joven Lucas le fue diagnosticada una esquizofrenia paranoide crónica.

Según la madre se cansó de pedir explicaciones a los médicos de asistencia del hijo sobre la inesperada enfermedad, incluso se dirigió hacía la dirección del hospital y se quejó delante de la directora la cual con mucha ironía y tal vez contagiada y manipulado por el poder, la expulso de su oficina amenazándola con ingresarla a ella también si continuaba haciéndole preguntas.

Para Lucas no hubo cura, ni para el viejo corazón de la anciana que desde ese mismo momento comenzó a vegetar la muerte en vida de su querido hijo.

Estas cosas cuando se escuchan parecen producto de la imaginación senil, o la ficción sin embargo son tan ciertas como la propia vida, lo que sucede es que no todos tenemos la desgracia de pasar por la cruel experiencia de un hospital psiquiátrico cubano, y ser fieles testigos, aunque sin voz ni voto de la maravillas que suceden en él.

El hospital Psiquiátrico o el Manicomio como también se le llama, es un mundo independiente al que habitamos. En el transcurren las horas reales y concisas, en el hasta el intelecto se te amplia conociendo o recordando a grandes figuras de la historia, la mitología griega, a los corsarios más consagrados o a los guerreros de la epopeya.

Lo mismo te tropiezas en el pasillo con el Rey Arturo, que con Guillermo Tel., Carlos Magno, El Quijote, Dulcinea, Napoleón, El César, Apolo, Adonis, Zeus, o un escuadrón de mandarines chinos, soplones, o un cazador de espías, pero todos envueltos en un pesar profundo y dueños únicamente del pedacito de tierra que tienen debajo de sus pies.

A veces se te olvida que eres humana y te sientes ficticia, ave errante, una reliquia o un jeroglífico increíble, porque estas tan agotada emocionalmente, que te unes a la legión de fantasmas y hasta te haces llamar de alguna manera para recuperar la identidad perdida.

Lo importante es caminar por las salas, darte cuenta de la cantidad de personas afectadas, unos por la felonía de la suerte, otros carentes de amor, y el mismo estado depresivo los hace perderse dentro de la evasión , la que los conduce muchas veces a la total locura.

Pero no es más que la falta de confianza, la necesidad de expresarse, poder decir y tener que callar. Yo diría sin temor a equivocarme que el silencio obligatorio, la inconformidad y la falta de comunicación es una de las causas mas frecuentes de la demencia.

Por ejemplo mi caso, tal vez no lo deba llamar así, pero estaba allí junto a los demás enfermos mentales, estaba allí abatida, con miles de pensamientos juzgándome, queriendo tomar venganza por mis propias manos, y después arrepintiéndome de tantos malos pensamientos.

En fin no era otra cosa que una mujer llena de contradicciones, con mucho amor para dar, pero decepcionada de todo y de todos, encerrada en una cápsula de miedo de la cual no podía salir e inevitablemente afectada de sus facultades mentales ante la luz pública.

Al fin llegó el día de la primera terapia de grupo tan anunciada desde semanas anteriores.

Nos reunieron como al ganado en una pequeña salita pequeña pero muy ventilada, varios cuadros de diferentes paisajes adornaban sus paredes, al fondo un amplio librero que ocupaba toda la pared lleno de valiosos libros de literatura e históricos, aunque por el polvo que tenían cualquiera podía darse cuanta que eran poco utilizados.

Frente a este librero estaba la gran mesa en forma de círculo y rodeada de l4 sillas tapizadas con vinyl, en el otro extremo una mesita mas pequeña con las historias clínicas encima y custodiada por un hombre medio calvo y de gruesos espejuelos casi colgándole de la prominente nariz y sin dejar ni un solo momento de recorrer con la vista a los presentes a la vez que daba golpecitos con la yema de los dedos encima de la mesa.

Pensé en un acto ocasional, después supe que era un tic nervioso. La secretaria de la sala lo presentó como el jefe de los servicios de psiquiatría, a mi se me antojó un jardinero jubilado y muy atropellado por la vida y sobre todo tan demente como los más crónicos del hospital.

A su alrededor habían dos enfermeros y cuatro médicos, entre ellos el Doctor Tony, o más bien Tonito, porque así le decían muchos empleados y familiares de algunos pacientes, quien no dejaba de masticar un pedacito de papel, que desde que llegó a la sala había desprendido de la esquina de una receta médica.

Este galeno nombrado Tonito, no dejaba de susurrarle al oído de la trabajadora social, quien sabe qué cosa, lo cierto era que la muchacha no dejaba de reírse a carcajadas sin tener en cuenta el lugar donde se encontraba.

Esas actitudes tan poco éticas me molestaron mucho y para no saltar delante de todos decidí mudarme para la silla que quedaba casi pegada al librero, desde allí lo podía ver y oír todo perfectamente ,pero fuera del grupo.

Lo cierto fue que la función comenzó por Celestino que al preguntarle cómo se sentía, en vez de dar la respuesta que debía, arremetió contra Amado su compañero de cuarto, culpándolo de mentiroso por no haberle traído de México el sombrero de charro y las botas de vaquero que tanto le prometió.

La demencia de este hombre ocasionó fuertes carcajadas en la sala, además de las burlas conferidas a los dos pobres enfermos, uno totalmente afectado y el otro casi igual, pero que nunca fue a México, todo era obra de su imaginación

Ante la algarabía ocasionada por tal exposición, la secretaria de forma pasiva trató por todos los medios de terminar con la escena, muy divertida para muchos y triste para otros, pero la realidad era que tomaban las terapias de grupo como un fabuloso espectáculo, sin compadecerse de la demencia de los enfermos, o su estado de semiinconsciencia provocada por los psicofármacos, y la tortura de la propia vida.

Pero todo no quedó aquí, pues cuando la cosa pensamos estaba calmada, una paciente como de veinte años o quizás menos se lanzó inesperadamente contra uno de los enfermeros y lo abofeteo varias veces profiriéndole las peores ofensas.

Los presentes casi no entendíamos las razones, y hasta pensamos en una crisis nerviosa, pero no fue así, todo indicaba que la jovencita estaba muy clara de lo que hacía , y mucho más cuando escuchamos los fuertes gritos acompañados de la palabra - descarado, me violaste y me robaste el dinerito que mi mamá me trajo en la ultima visita, hasta los cigarros me los robaste, …! sí me preñas prepárate ..!-

Los médicos se miraron unos a los otros ocultando una sonrisa maliciosa, entonces fue cuando el señor medio calvo y del tic nervioso mirando para el médico de la sala de los crónicos le dijo con voz severa al enfermero que estaba precisamente sentado a su derecha que le inyectará una dosis de parquisonil, y la amarrara a la cama, y si continuaba tan agresiva, ya sabía qué hacer.

Los demás enfermos no entendíamos bien aquella actitud, tal vez muchos de los trabajadores allí presentes tampoco, pero era la voz de jefe y tenían que cumplirla, después supe que la muchacha fue remitida a la sala de los crónicos pues no dejaba de culpar al enfermero de la violación, y del robo, y allí como en todos los lugares del mundo la fuerza imperaba.

Pasaron varios días de aquel suceso que quedó impune como todas las cosas y yo me convertía nuevamente en testigo de otra injusticia.

Desgraciadamente el que llega a un hospital psiquiátrico inmediatamente adquiere su titulo de loco que es inviolable ante los ojos de los médicos, pacientes, familiares y mundo en general, por lo que pierden credibilidad tus palabras, y aunque digas la verdade nadie te escucha.

Cualquier cosa que te suceda dentro de los dominios psiquiátricos tengas o no la razón pasan a engrosar los síntomas del enfermo y se resuelven con aumentarle la dosis del medicamento, que lo único que te resuelve es mantenerte todo el tiempo como un zombi vagando por los pasillos y las salas de este infierno, que para mi era pero que el infierno de Dante, y digo así por el refrán que dice “No van lejos los de adelante si los de atrás corren bien”, no pasaron ni cuatro días volví a ser testigo de otro suceso , pero esta vez en carne propia.

Como no era una enferma calificada de crónica se me apartó a otro cubículo para después trasladarme al hospital de día y así lograr mi total restablecimiento.

El medico que me asignaron en esta sala no era otro que el doctor Tonito, hombre joven y simpático de apariencia bondadosa y sobre todo muy varonil e inteligente, todo esto sin dejar de reconocerle sus posibilidades de Don Juan ,por lo menos así se comentaba de él y lo pude comprobar rápidamente.

La primera consulta fue muy agradable, conversamos cinco horas temas sobre la vida , la literatura , mis gustos e ideas y mis sueños frustrados. Le conté sobre Miguel mi amor por el, pero su psicología pudo más que mis palabras e inmediatamente descubrió que detrás de mis anécdotas se ocultaba toda la soledad del mundo, y sin perdida de tiempo la aprovecho al máximo.

Así se ganó mi confianza, como era lógico, pues cuando la soledad nos golpea cualquier mano que aparente caridad nos envuelve, cualquier gesto es una compasión, cualquier palabra nos suena sublime, y comenzamos a buscar con el afán de encontrar todo lo que nos falta, y más si la persona es comprensiva, y aparenta desinterés y así es como caemos en baches imperdonables.

Al otro día de la consulta me llevó al cuarto varios libros de poesía, entre ellos los de Geoconda Belli , Alfonsina Extorné y otros, diciéndome qué me los prestaba para que me entretuviera.

Como es de esperarse aquello fue para mi el mejor gesto y el mejor bálsamo y mucho más cuando sacó de su bolsillo una hermosa rosa roja.

Este detalle me humedeció los ojos, ¡cuánto tiempo hacia que no recibía una señal de ternura! .Innegablemente era un hombre de detalles, capaz de hacerme confiar y lo peor de seducirme.

Así fue como comenzó nuestra amistad, llena de detalles, confianza, conversaciones agradables, comprensivas, saludos tiernos y delicados, sicoterapias y sobre todo ningún día a partir de este me faltó una rosa.

Todas estas galanterías unidas a uno que otro verso de Neruda, sobre todo aquel que dice “Me gustas cuando callas porque estas como ausente”. Se convirtió en una constante para mis necesidades espirituales, y mientras yo me llenaba de optimismo, él hacía todo lo posible por tragarme con su espesa continencia.

Lo cierto fue que me llegó a ser tan imprescindible que no veía las horas de que amaneciera para regresar mansa al calor de sus palabras.

Todo marchaba bien hasta ese día de diciembre. El frío azotaba con fuerzas en aquel lugar tan apartado de la ciudad. El centro hospitalario había sido construido en su primera instancia como sanatorio para tuberculosos, después se adapto a hospital psiquiátrico, podrán imaginarse la zona y el microclima.

Era una construcción no muy sofisticada pero de tres plantas, ventilada y con un gran patio de recreo, comedor en todos los pisos, cocina y en la planta baja las consultas internas y de urgencia. Un salón para actos y dos salas de psicoterapia colectiva, además de una amplia sala de espera con grandes ventanales que cubrían todas las paredes y con estas la visibilidad campestre se denotaba ampliamente por cada una de ellas.

Una fina llovizna de invierno caía de forma juguetona sobre los cristales de la ventana de mi habitación provocando con su sonido una tierna melodía , música que yo escuchaba como un alivio ,aunque en muchos instantes pensé me llevaba hacia la eternidad, y así escapar con ella de tanta desmesura humana.

Me asomé a una de las ventanas y a lo lejos divisé como el viento despeinaba las altas palmas y los árboles más frondosos. Caía la tarde una vez más y el sol muy leve se despedía con su agradable preeminencia dando paso a la noche tierna y silente como todas, en aquel lugar llenándome de añoranza y agudizando mis tristes recuerdos.

Extasiada con el paisaje estuve por mucho tiempo y con este se agito mi eterna nostalgia. Miguel lejano, mi tranquilidad inalcanzable, mi verdad contra todo aquel silencio, la soledad, en fin no puedo explicar cuantas cosas me impulsaron por aquellos pasillos en busca de conversación. Quizás fueron los ángeles del demonio los que pusieron dentro de mí el licor del desespero, con una fiebre de voces internas que nunca me dejaba tranquila.

Mi compañera de cuarto venía de la consulta del médico de guardia. Ella junto a su hermana fueron a pedir un pase de fin de semana, fue así como supe que Tonito estaba de guardia esa noche.

Con palabras no puedo expresar la alegría que me invadió la noticia, y sin pensarlo dos veces corrí por la escalera como una adolescente desmedida y con el pecho abierto de tantas necesidades espirituales.

Tonito me recibió con sorpresa primero entusiasmado, después cauteloso. Sus grandes ojos azules le radiaban como nunca antes, por lo menos para mi eran los más cristalinos, los más llenos de amistad y compresión, en fin los que necesitaba para que mirándome calmaran mis penas.

Me disculpé por molestarlo en sus quehaceres, pero el tomándome de la mano, me invitó a sentarme en una de las sillas junto al buró de consultas, a la vez que me preguntaba cariñosamente qué me sucedía. Yo mucho más inmadura que antes, y con una timidez asombrosa, le dije que me sentía sola, y sonriéndole le pedí me hablara como siempre lo hacía.

El con su inteligencia supo que mi debilidad eran la palabras cariñosas, el afecto expresado sin tapujes. Que me permitiera desahogar mi vedad, y el me lo permitió todo sin reservas, aunque en sus adentros los dobles objetivos lo dominaran.

Sin mucho protocolo me dijo que me sentara en un sillón de descanso que estaba cerca de la camilla, y allí fui obediente, mientras el se subía sobre la camilla con un donaire juvenil y sensual.

Su primera pregunta la dirigió a cómo me sentía en esa noche tan cerca del fin del año, - ¿triste verdad?- , me repitió con voz muy bajita .le afirmé que me sentía muy triste mientras clavaba la mirada sobre las finas lozas del piso.

Estaba aún bajo los efectos de los psicofármacos que me suministraban en dosis espantosas, por lo que muchas veces tenía crisis de vacío mental y otras de una relajación inesperada., por lo que sin saber como comencé a llorar con un llanto recalentado y torpe, tratando de ahogar entre mis lágrimas todo el dolor que sentía

El se puso de pie me tomó por las manos y me paró frente a su varonil cuerpo, entonces comenzó a apretarme contra su pecho lentamente, me miró a los ojos, y yo lo sentí hasta en lo más intimo, pero mi trauma lo confundió todo, creyéndolo un fiel amigo cariñoso y tierno. Así sin palabras me beso muchas veces el pelo, las mejillas, diciéndome en todo momento que no me preocupara que la vida me iba a cambiar muy pronto.

De golpe se separó y encendió un cigarrillo, el que después de dos exhalaciones destruyó con las manos. Se paseo de un lado a otro de la consulta, con cierta inquietud no demostrada anteriormente.

Hoy pienso que mi ingenuidad tuvo la culpa si no es que todo tiene su precio y su minuto. O como dice el refrán popular, “después del babeo la mordida”, aunque realmente fue un hombre resurgiendo de sus impulsos carnales, por lo que mientras yo me extasiaba con su supuesto cariño tan necesario para mi, el me deseaba como hombre y pensaba mi necesidad era la misma.

Confundida y sin saber qué hacer en aquel momento me refugié en mis recuerdos con Miguel salvándome, después luché incansablemente contra aquellos ojos azules que me tenían confundida y seducida aunque no lo aceptará, y mucho más cuando chocaban con mis carencias espirituales. Él sabia que yo me hundía en la peor de las incertidumbres, por eso urgentemente planificó la forma de poseerme vulgarmente.

Por lo que como todo animal en celo se abalanzó sobre mí y tomándome por los hombros con mucha fuerza me arrastro hasta la pared apretándome contra ella, a la vez que me obligaba a tomarle el miembro con una de mis temblorosas manos, el cual no sé todavía en que momento liberó de su pantalón.

Sorprendida, asustada, llena de pánico y sin saber que hacer ante aquella situación tan violenta y poco agraciada para mi gusto y trauma me quedé impávida y mucho más silente, pero a el nada de eso le importó , por lo que continuó su maniobra con mis manos sujetas a la fuerza y tratando de solucionar su erección lo antes posible.

Cómo era posible que actuara así conmigo, por qué rompía tan brutalmente todo el hechizo. No tendría otra forma de calmar su apetito sexual, estaría tan necesitado de una mujer solamente para poseerla sin amor, sin delicadeza, sin cariño? Y mientras el me zarandeaba en su afán de llegar a eyacular, mi admiración por el se desplomaba.

Hasta llegué a pensar que era un loco más dentro de aquella apariencia comprensiva y desinteresada que me había vendido desde que lo conocí.

No puedo asegurarme de cuantas preguntas cruzaron por mi menta atribulada en aquel momento, y de las cuales el se aprovechó porque sabía de mi perturbación y necesidades, por lo que al no poder resolver con mis manos, me subió bruscamente el ropón de hospitalizada y comenzó a tocarme los muslos más en celo todavía, y lamiéndome sin parar.

Sin muchas fuerzas para defenderme me mantuve rígida sin ningún tipo de movimiento corporal , auque la mente era como un huracán en pleno azote, asegurándome una vez más de que después de Miguel, tan tierno y cuidoso , estaba destinada a ser violada por todos los hombres que se me acercaran . Tal vez era mi forma de actuar, tal vez mi destino, porque los viejos dicen que las personas nacen con su estrella y nada ni nadie puede contra lo que traemos en el libro de la vida.

Otros aseguran que la yagua que esta para uno no hay vaca que se la coma, en fin tantos dichos y mitos se agolparon en mi cabeza, unidos a la poca fortaleza que tenía para resistirme a causa del exceso de medicamentos, entre antidepresivos, ansiolíticos, relajantes, soledad, en fin mi organismo estaba bajo los efectos de la droga y lo peor del caso, él estaba muy claro de lo que me estaba haciendo premeditadamente.

Sin el más pequeño acto de seducción o ternura me hizo el amor de pie atropelladamente, como un perfecto animal, rasgando mi vagina no preparada par la penetración en esos momentos.

Al fin terminó con mucho trabajo su gran hazaña de macho fuerte, ligón e irresistible, y mientras yo me desplomaba contra el piso sin fuerzas, ni voluntad., el se trataba de quitar los residuos del sexo bajo la abundante agua de la llave del lavamanos.

Me puse de pie a duras penas, y tratando de reponerme de lo acontecido me le acerqué preguntándole como una autómata, si estaba satisfecho con tan poco.

El me miró de soslayo y se alejo secándose las manos de espalda, yo continué arremetiendo contra el mi dolor, llamándolo bárbaro, incivilizado, vulgar, por lo que me dijo groseramente.

¿y tú qué querías después de ofrecerteme todo el tiempo?... una mujer no puede ser así como tú eres. Aprende que entre un hombre y una mujer no existe amistad, ni poemas, ni flores, mucho menos charlas románticas, todo eso conduce a esto que acaba de suceder entre nosotros. ¿No es lo que buscabas?.

Nada le respondí para qué sí tenía razón en parte. No precisamente quería me hiciera el amor, pero si encontrar en él a alguien que me permitiera desahogarme espiritualmente, tal vez en mi subconsciente me gustaba, pero no para esa brutalidad, si hubiera sido más inteligente, a lo mejor hasta lo hubiera amado, pero no me dio tiempo para eso, como todos el sexo era lo primero.

Ya nada podía remediar con palabras, el hecho estaba consumado y mi cuerpo se había convertido en poco tiempo en un títere de todos los deseos carnales.

El asco me consumía por dentro y por fuera, aunque sabía que tenía que luchar una vez más contra la prepotencia masculina, madurar, volverme una piedra, ocultar mis sentimientos, y mi verdad. Comprender de una vez que no había amistad sincera entre diferentes sexos, que los hombres siempre estaban en celo, siempre con el deseo en la mente, machos primero, seres humanos después. Todo esto lo tenía que aprender… ¿pero cómo, si no había renunciado a la vida , ni al amor.

La realidad y mi realidad eran muy duras, había ganado un hueco más y la desolación y la decepción junto al abatimiento sentimental aumentaban su trayectoria en la desconfianza que ya tenía anteriormente, reafirmándome a cada segundo que el sexo lo dominaba todo. Ya no existían príncipes azules como los que guardaba en mis pensamientos, y que yo los veía llegar tomándome por el talle y elevándome al cielo junto con el beso más sublime.

Un fuerte portazo me sacó de aquellos pensamientos, era Tonito que salía de la consulta dejándome una vez más hundida en mi calvario y juzgándome con mucha más severidad que al principio.

En ese momento volví a pensar que lo mejor para mi era morir, desaparecer de tanta violencia, qué lejos de la realidad había vivido durante veintitrés años y ahora los golpes a la inocencia no dejaban de sacudir mi razón y mis sentimientos. ¿Qué hacer me pregunté muchas veces? Pero las respuestas no llegaban, lo mejor era huir, huir de aquel segundo infierno terrenal.

Al otro día muy tempranito firmé el alta a petición y me fui de aquel lugar a ocultar mi pena y mi impotencia quién sabe en que recodo de mi propia vida.



Capitulo de la novela El Imperio de la Simulación

Esta historia es real, ocurrida en un hospital psquiátrico cubano....


Por: Adela Soto

Fue una tarde de sorpresas, increíblemente me habían enviado para Cuba con la misión internacionalista sin cumplir, pero con un diagnóstico de neurosis complicada con trastornos emocionales, aunque nunca dijeron que decepcionada de la vida y enferma de tantos maltratos psicológicos y morales. Pero bueno nada me importaban las prescripciones en ese momento, lo que necesitaba era huir de aquel torbellino de amarguras, acosos y miedos que por más treinta meses me estuvo turbando la psiquis.

Pensé había llegado a mi hogar, pero desgraciadamente no fue así. Después de bajar del avión solamente tropecé con silencios, rostros desconocidos y muy serios, frialdad y dos ambulancias llenas de enfermeras, que de forma rápida me suministraban auxilios y medicamentos, sin dejar de mirar para mi rostro.

Imagine parecerles una extraterrestre por sus expresiones, por lo que disimuladamente traté de encontrarme en los reflejos de uno de los cristales de las ventanas, que aunque cerradas herméticamente permitían mi reflejo aunque con una débil silueta.

La sirena de la ambulancia pedía vía a grito limpio, hasta creí que estaba totalmente loca o muy enferma y me lo habían ocultado, pero mucha más loca me sentí cuando me bajaron en la consulta del cuerpo de guardia, y a corta distancia divisé a algunos pacientes que esperaban ser atendidos, los que por su porte y aspecto turbado me delataban a la claras que había llegado a un hospital psiquiátrico.

Aquí solamente me esperaba una nueva odisea de incomprensiones, porque no me sabía loca, aunque era el diagnostico emitido por el médico de la misión, y así sin respuestas comencé mi nueva vida entre fuertes medicamentos, rostros desconocidos, jóvenes escondiéndose de sus recuerdos, otros buscando el azul del firmamento entre el pequeño espacio de sus manos y yo con el exagerado peso de la soledad en las costillas y los ojos llenos de acusaciones.

Dormía y dormía, soñaba y soñaba siempre con los destellos de la luz perturbado en todo momento por el tridente del miedo que punzaba mis neuronas.

Entonces fue cuando estuve segura que toda la tristeza del mundo se había adueñado de mi pobre esqueleto. ¿Tanto daño había hecho en otras vidas, sería el pago a quién sabe que karma? Lo cierto fue que nunca más supe que cosa era ser feliz, este sentimiento nunca más fue capaz de invadirme y entre una melancolía y otra deambule por la vida.

No puedo asegurar el tiempo que transcurrió mientras mi cuerpo permanecía inmutable a la metamorfosis, pero la realidad fue que desperté con el sonido de una lata que atada al tobillo de una muchacha producía un extraño ruido y que según me confesó, la llevaba allí, por si la muerte le llegaba sin avisarle le sirviera de ancla en su vuelo al infinito, pues su mayor anhelo era no regresar nunca más a la tierra, sino vivir su otra vida en una nube.

La miré con tristeza y admiración a la vez .Su mensaje era muy bueno y me hizo pensar. Entonces recorrí todo el cubículo despacito para percatarme de todo lo que en él había.

Caminé en silencio por los pasillos, necesitaba limpiar un poco la piel del asco y la in animación, por eso para salir de mis pensamientos hice lo posible por evadir la realidad tratando de conocer a los que allí habitaban.

El hospital era enorme, salas, pasillos, cubículos aislados y cerrados herméticamente puertas que tal vez te llevaban a la eternidad o al patíbulo.

Incógnitas, escepticismo, una gama de pesares recubiertos por los golpes de la vida, la incomprensión y la abulia como manjares de primer orden , por eso caminé deteniéndome a cada paso y observando como mis compañeros de infortunio tenían todos la mirada perdida en la misma nube que decía la muchacha.

Así anduve por varías horas, hasta que llegué a los cuartos de arriba, los que se denominaban “de los crónicos”. Allí pude ser testigo de cómo se quemaban el pelo con un cigarro unos a los otros .Un muchacho como de veinticinco años arrastraba una piedra con un cordel creyéndola un juguete. Una jovencita de unos dieciocho años cargaba una muñeca de trapo y le cantaba enajenada:

-Duerme niña, duerme niña mía- a la vez que reía mirándola tiernamente.

A pocos metros Tutú, porque así le apodaban al anciano, contaba unos cigarros y decía que eran para el emperador, porque un jovencito se los quería quitar. Frente a ellos estaban cinco más de diferentes edades con las ropas deshechas por el uso y los zapatos rotos, velando al que entrara o saliera para picarles un cigarro o pedirles unas monedas para comprar alguna golosina en la cafetería del hospital.

En una de las esquinas del recibidor sentada sobre una desvencijada silla de hierro estaba Clara con la mirada ausente y la memoria atada al mal de amores.

Se había pasado muchos años de curandero en curandero tratando de lograr un amarré para Carlos Méndez un hombre que nunca la amó, pero ella lo llevaba para siempre en el deseo. Deseo que la condujo a la neurosis y de esta al manicomio.

Junto a ella de pie con un donaire prepotente, se veía erguida a María la Isleña una de las mujeres más voluntariosas de su aldea. Dicen que el padre la crió como a un macho y ella se lo tomó tan en serio que cuando en un desliz le hicieron una barriga, la soltó sobre las ancas de un caballo que trataba de domar a fuerza de látigo.

De ahí que se le destapó la crisis que ahora la tiene con un pedazo de madera envuelto en un trapo asegurándoles a todos que es la hija que murió pero los santos africanos se la convirtieron en madera para que fuera eterna.

A unos pocos metros de estas, el negro Petronilo observándolo todo sin que se le escapara ni el más mínimo detalle y anotando en una vieja libreta todos los sucesos cotidianos. Sobre el pecho descubierto exhibía con orgullo la esfinge de la Caridad del Cobre sujeta con un cordel tan sucio como sus harapos, a la vez que convocaba a los demás recluidos a rezar tres padres nuestros y tres aves María, para evitar ser víctimas de los horrores del infierno hospitalario.

Sor Marina no lo soportaba, como es lógico en aquellos que no aceptan la verdad porque piensan que lo de ellos es lo bueno, el resto todo es diabólico, por eso le gritaba Belcebú.

Esta pobre mujer no encontraba tregua a su constante contienda. Dicen los más viejos del manicomio que se auto agredía para llegar a Cristo y hasta se clavó la palma de las manos con dos clavos herrumbrosos que casi le provocan el tétanos, porque quería ser canonizada como santa, por eso también decía que le escribió al Obispo trescientas cartas y quinientas al Papa, aunque la mayoría aseguraba que la familia no creía en su santidad, pues se filtró que le comunicaron al médico de asistencia que había sido la única oveja descarriada de la familia y que la cuenta se les había perdido ,pero en los últimos datos callejeros se supo que tuvo hombres hasta por telepatía.

Menelao y Casilda otros dos infelices dementes, se habían dado a la tarea de componer el mundo y aunque decidieron no creer en los hombres porque se consideraban enviados de la providencia, todo el tiempo se la pasaban haciendo lo posible por sacar a los hundidos a flote de los claustros del hospital.

Así se les veía desde las primeras horas de la mañana rodeados de un alta concurrencia que entre aplausos y gritos elogiaban los discursos incoherentes que repetían, algunas veces hasta en octosílabos con una musicalidad increíble y otras a puro llanto.

Algunos pacientes dicen que Casilda cuando joven fue una buena escritora pero un descabellado amor por un cantante de ópera la trastornó, tal vez por eso cuando no estaba remendando las grietas de la sociedad para ella más loca que los locos recluidos, se la pasaba remendando las de su corazón y apretando contra su pecho con sus viejas y cuarteadas manos la chamuscada foto del cantante.

También afirmaban que en un cajón que guardaba con celo debajo de la cama, tenía toda la obra musical del ingrato, el que no sólo la convirtió en un pájaro errante, sino que la sumergió en la java del argot mal intencionado de los lenguinos gratuitos y a sueldo.

Quizás Casilda no estaba tan loca como reafirmaban los fármacos que le suministraban en cantidades espantosas. Yo que la observé mucho tiempo y analicé minuciosamente pienso que estaba enferma de soledad como el resto de los que habitamos la tierra.

Tongo el barbero de mi pueblo para mi asombro también estaba recluido en este hospital psiquiátrico. Fue chulo por muchos años, de él tengo muchas anecedotas que prefiero no contar porque tiene que ver con mi familia, lo que si les aseguro es que cuando lo descubrí a pesar de estar enmascarado detrás de una espesa y sucia barba ,me dieron deseos de patearlo hasta verlo morir, pero como nada iba a lograr con eso, sino que me transfirieran al mismo grupo de los crónicos preferí tragar una vez más ,porque en un final ahora no era más que un hombre agonizante con el sexo vencido, además recordé lo que siempre me dijo mi abuela, que a veces los hombres son lo que la sociedad los obliga a ser, porque no son más que el reflejo y el producto de la humanidad en que nacen y se desarrollan.

Allí junto a Tongo siempre está Jiky la más diestra prostituta de mi aldea, digo la que en vida fue, porque ahora pertenece a la gran rebelión contra los cuerdos y propiedad privada de los loqueros de turno.

A Jiky le había dado por chuparle el rabo a la jutía y no soltaba la latita de alcohol, sustancia que sustraían sus cómplices de la enfermería y se la cambiaban por los cigarros que le daban diariamente para que calmara sus excesos, que aunque se propagandizaba por todos los medios de prensa que daña la salud, los locos tienen su cuota muy bien protegida. No exagero si afirmo que más sistemática que la propia alimentación.

Jiky cada vez que estaba en total estado de embriagues iba a sentarse en uno de los bancos del parquecito del manicomio. Allí se pasaba las horas gimiendo con las piernas más abiertas que una tijera, hasta que Sansón con su melena a media espalda y el florete encendido se le abalanzaba haciéndole justicia delante de todos los presentes.

Este espectáculo nocturno se había convertido en la mejor o tal vez la única recreación de los enfermos, todo bajo la imaginaria guitarra de Paco de Lucia, que tocaba su también imaginaria balada española y de cuando en cuando hacía un paréntesis musical para masturbarse públicamente.

Frente a este espectáculo nocturno estaba Filito un anciano octogenario que no tuvo niñez, ni adolescencia y en ese momento la quemaba dirigiendo la manada de psiquiátricos a pura orden

Filito cuando no estaba en el flanco delantero obligando a los demás a hacer lo que a él se le antojaba, sin importarle criterios, deseos e ideas, que aunque perturbadas a veces, eran mejores que las de los denominados cuerdos, se la pasaba jugando a los soldaditos de plomo con los seres humanos, porque se le había metido en la cabeza que todos allí estaban bajo su ordene y mando.

Cuando supe su verdad sentí pena por él, pobre viejo, realmente se le había quedado frustrada la infancia en el subconsciente y como ya no estaba consciente le afloraba la frustrada niñez, por lo que se vengaba sin darse cuenta de los más infelices.

De segunda al mando estaba Casilda, una endurecida mujer que no perdía la manía de revisar todo lo que le rodeaba para después arremeter contra el primero que la mirara a derechas.

Casilda tenía más de siete ingresos desde su juventud, por eso en sus ojos el odio habitaba como lentes de contacto .Algunos afirmaban que su locura estribaba en la frustración de no poder tener hijos, porque un médico le cortó los órganos productivos para evitarle el embarazo, que según las malas lenguas era de él y no quería que le saliera a la cara.

Este médico limpió su supuesto pecado, y la pobre mujer languidecía sin importarle a nadie. Muchos pensaban que sudaba, pero yo que la observé detenidamente sabía que lo que corría por sus mejillas no eran gotas de calor, sino del llanto del alma.

Cristina era la secretaria, jovencita y hermosa, no supe su edad, pero parecía una adolescente. Cuando menos se esperaba quedaba ante todos como dios la trajo al mundo y sin el menor pudor se contoneaba por el lugar despertando el apetito carnal entre la demente concurrencia.

Tenía los ojos grandes y expresivos, parecían ojos de oración siempre mirando al cielo. Al observadla cualquiera podía pensar que el grito saldría en cualquier momento, pero a la pobre muchacha no le quedaba voz, por eso no soltaba el pedazo de cartón que sujeto fuertemente permanecía todo el tiempo entre sus manos y expuesto a la concurrencia.

En este pedazo de cartón decía con letras negras y grandes:”En estos tiempos es mejor estar mudo y loco, la gente puede despertar y entonces dónde se meten los parlanchines y cuerdos”.

Entre cuchicheos, murmullos y un lenguaje intimo y secreto, propio de los impedidos mentales, se comentaba muy cerca del patiecito intermedio que daba a las salas de atrás
la intervención de Satanás el diablo, en cuatro ahorcamientos ocurridos en cadena días antes de mi ingreso.

Uno de ellos, según decía un anciana a la que todos llamaban la Clarividente , fue el de una poetisa sin suerte que desenfundó su musa en una tertulia literaria dirigida por un Topo sabio en literatura y amiguismo barato, y que la descuartizó sin darse cuanta que el que comienza en el arte carece de conocimientos y necesita ayuda especializada.

Lo cierto fue que aseguraban que la ingenua muchacha además de novata ante el enfrentamiento con los trogloditas de la palestra oficial , ante la vergüenza pública no encontraron más salida que ponerse la soga al cuello, afectada por la constante paranoia de escuchar hasta a los perros y a los gatos gritarles cursi.

Solamente de esta muerte se supo las causas y no de las otras porque antes del ahorcamiento le había escrito una carta a Bárbara la Leguleya de los pobres, creyendo que esta le haría justicia. La pobre muchacha se apuro tanto en morir que no pudo enterarse que ya Bárbara había dejado el oficio de leguleya por el de Elena de Troya.

¿Quién sabe si dentro de aquellos enfermos mentales habían héroes marginados, militares valientes y sin suerte, mujeres mancilladas o cometidas y otras enfermas por la mala suerte y la incomprensión social, además de los sometimientos y agresividad de los propios seres humanos.

Indudablemente la locura encontró cobija en la mente de estos pobres hombres y mujeres convirtiéndolos en el alma y reír de los que alaban la cordura, sin darse cuenta que en el mundo el hombre no es más que el bufón de un espectáculo y la sociedad la concurrencia que los juzga degüella y aplaude.

Debatiéndome entre estos pensamientos estuve por un tiempo indeterminadado, así llegó el almuerzo cargado de nuevos conflictos y experiencias.

Los empleados de la enfermería juntaban a los enfermos como manada, después los dirigían a las mesas colectivas donde los esperaba el alimento , el que servían en bandejas de aluminio en mal estado y donde la variedad no pasaba de un poquito de arroz, chícharos y un huevo hervido de color verde por las horas que llevaba de cocido.

Todo esto acompañado de una cucharada sopera de dulce de boniato, leche si había abundante, pero a granel servida en un cubo plástico que por tapa llevaba un paño de color gris, que tal vez en su inicio fue blanco, pero ya el empercudimiento y la suciedad le habían cambiado de color.

Esta leche no se podía ingerir hasta después de terminado el almuerzo, por eso los enfermos agudos comían desesperadamente para ver quien era el primero en introducir en el cubo su jarro o lata, mientras los crónicos se abalanzaban sin terminar el almuerzo embarrándose hasta el pelo con la leche que a la vez chapuleteaban a causa del desequilibrio corporal . Todo era un verdadero desastre y mucho mayor cuando escuchabas las palabras descompuestas de los empleados de servicio de comedor que sin conciencia los empujaban hasta derribarlos en el piso.

Solamente los ingresados en observación podían almorzar con un poco de tranquilidad. Aquellas escenas parecían tomas de una película de ficción.

No podía dar crédito a lo que mis ojos veían, ¿cómo era posible que estuviera allí, estaría loca, todos estarían locos, o tal vez los habían vuelto locos? Y digo así por una historia que recontó una anciana días después sobre lo sucedido a Lucas y estoy segura que fue tal como me lo contó.

Según me contó la anciana Lucas era un joven normal de veintidós años, algo mimado por ser el menor de cinco hermanos, y criado bajo la saya de la madre como dice el refrán

Pero no se metía con nadie, y se pasaba todo el día escuchando música en una grabadora que ella y el padre le regalaron, gracias a unos ahorros de casi diez años, y desearon estimularlos como padres al fin.

Este joven escuchaba música en compañía de varios amiguitos del barrio y disfrutaba como es común en la juventud de música extranjera, pues la nacional no a todos le interesa.

La anciana me aseguró que un buen día apareció en una escuela cercana a su domicilio un cartel en contra del régimen imperante pidiendo libertad y comida.

Como es de imaginarse inmediatamente la zona se convirtió en un puesto de mando del ejército y entre estos los Búhos del Núcleo de Moralistas y las cornetas de turno pidiendo sangre para el culpable.

Entre las investigaciones realizadas estuvo la entrevista a todos los jóvenes sospechosos de la cuadra, y no por delincuentes, sino porque no trabajaban, ni estudiaban muchos tenían aplicada la peligrosidad, y no porque hicieron algo indebido, sino por si lo hacían.

Entre estos estaba Lucas que aunque no era, ni lo uno ni lo otro, no trabajaba ni estudiaba por problemas de salud, y sí escuchaba música extrajera y se agrupaba en las esquinas para calmar el tedio.

Inmaduro e introvertido se sintió acusado con la entrevista creyendo que pudieran culparlo, por lo que trató de hacer algo para librarse de la acusación, entonces fue cuando pensó actuar como un enfermo psiquiátrico y se abalanzo sobre la calle dejándose caer en medio de la vía.

Los vecinos al ver aquello gritaron asustados. Uno de los más cercanos corrió en su auxilio y lo levantó de la vía evitando que un vehículo lo aplastara. Por otra parte los oficiales del puesto de mando instalado provisionalmente en el lugar, llamaron al carro patrullero y éste lo condujo al hospital, de este lo trasladaron al Psiquiátrico, lugar donde es mejor no ir nunca.

Desgraciadamente Lucas era muy inexperto y joven y sin comunicarle a nadie su miedo y mucho menos lo que hizo y el por qué lo hizo, pero creyó encontrar en este hospital su salvación y allí estuvo durante un largo tiempo, entre fuertes psicofármacos que no necesitaba y electrochoques que tampoco llevaba, y al cabo de dos meses al joven Lucas le fue diagnosticada una esquizofrenia paranoide crónica.

Según la madre se cansó de pedir explicaciones a los médicos de asistencia del hijo sobre la inesperada enfermedad, incluso se dirigió hacía la dirección del hospital y se quejó delante de la directora la cual con mucha ironía y tal vez contagiada y manipulado por el poder, la expulso de su oficina amenazándola con ingresarla a ella también si continuaba haciéndole preguntas.

Para Lucas no hubo cura, ni para el viejo corazón de la anciana que desde ese mismo momento comenzó a vegetar la muerte en vida de su querido hijo.

Estas cosas cuando se escuchan parecen producto de la imaginación senil, o la ficción sin embargo son tan ciertas como la propia vida, lo que sucede es que no todos tenemos la desgracia de pasar por la cruel experiencia de un hospital psiquiátrico cubano, y ser fieles testigos, aunque sin voz ni voto de la maravillas que suceden en él.

El hospital Psiquiátrico o el Manicomio como también se le llama, es un mundo independiente al que habitamos. En el transcurren las horas reales y concisas, en el hasta el intelecto se te amplia conociendo o recordando a grandes figuras de la historia, la mitología griega, a los corsarios más consagrados o a los guerreros de la epopeya.

Lo mismo te tropiezas en el pasillo con el Rey Arturo, que con Guillermo Tel., Carlos Magno, El Quijote, Dulcinea, Napoleón, El César, Apolo, Adonis, Zeus, o un escuadrón de mandarines chinos, soplones, o un cazador de espías, pero todos envueltos en un pesar profundo y dueños únicamente del pedacito de tierra que tienen debajo de sus pies.

A veces se te olvida que eres humana y te sientes ficticia, ave errante, una reliquia o un jeroglífico increíble, porque estas tan agotada emocionalmente, que te unes a la legión de fantasmas y hasta te haces llamar de alguna manera para recuperar la identidad perdida.

Lo importante es caminar por las salas, darte cuenta de la cantidad de personas afectadas, unos por la felonía de la suerte, otros carentes de amor, y el mismo estado depresivo los hace perderse dentro de la evasión , la que los conduce muchas veces a la total locura.

Pero no es más que la falta de confianza, la necesidad de expresarse, poder decir y tener que callar. Yo diría sin temor a equivocarme que el silencio obligatorio, la inconformidad y la falta de comunicación es una de las causas mas frecuentes de la demencia.

Por ejemplo mi caso, tal vez no lo deba llamar así, pero estaba allí junto a los demás enfermos mentales, estaba allí abatida, con miles de pensamientos juzgándome, queriendo tomar venganza por mis propias manos, y después arrepintiéndome de tantos malos pensamientos.

En fin no era otra cosa que una mujer llena de contradicciones, con mucho amor para dar, pero decepcionada de todo y de todos, encerrada en una cápsula de miedo de la cual no podía salir e inevitablemente afectada de sus facultades mentales ante la luz pública.

Al fin llegó el día de la primera terapia de grupo tan anunciada desde semanas anteriores.

Nos reunieron como al ganado en una pequeña salita pequeña pero muy ventilada, varios cuadros de diferentes paisajes adornaban sus paredes, al fondo un amplio librero que ocupaba toda la pared lleno de valiosos libros de literatura e históricos, aunque por el polvo que tenían cualquiera podía darse cuanta que eran poco utilizados.

Frente a este librero estaba la gran mesa en forma de círculo y rodeada de l4 sillas tapizadas con vinyl, en el otro extremo una mesita mas pequeña con las historias clínicas encima y custodiada por un hombre medio calvo y de gruesos espejuelos casi colgándole de la prominente nariz y sin dejar ni un solo momento de recorrer con la vista a los presentes a la vez que daba golpecitos con la yema de los dedos encima de la mesa.

Pensé en un acto ocasional, después supe que era un tic nervioso. La secretaria de la sala lo presentó como el jefe de los servicios de psiquiatría, a mi se me antojó un jardinero jubilado y muy atropellado por la vida y sobre todo tan demente como los más crónicos del hospital.

A su alrededor habían dos enfermeros y cuatro médicos, entre ellos el Doctor Tony, o más bien Tonito, porque así le decían muchos empleados y familiares de algunos pacientes, quien no dejaba de masticar un pedacito de papel, que desde que llegó a la sala había desprendido de la esquina de una receta médica.

Este galeno nombrado Tonito, no dejaba de susurrarle al oído de la trabajadora social, quien sabe qué cosa, lo cierto era que la muchacha no dejaba de reírse a carcajadas sin tener en cuenta el lugar donde se encontraba.

Esas actitudes tan poco éticas me molestaron mucho y para no saltar delante de todos decidí mudarme para la silla que quedaba casi pegada al librero, desde allí lo podía ver y oír todo perfectamente ,pero fuera del grupo.

Lo cierto fue que la función comenzó por Celestino que al preguntarle cómo se sentía, en vez de dar la respuesta que debía, arremetió contra Amado su compañero de cuarto, culpándolo de mentiroso por no haberle traído de México el sombrero de charro y las botas de vaquero que tanto le prometió.

La demencia de este hombre ocasionó fuertes carcajadas en la sala, además de las burlas conferidas a los dos pobres enfermos, uno totalmente afectado y el otro casi igual, pero que nunca fue a México, todo era obra de su imaginación

Ante la algarabía ocasionada por tal exposición, la secretaria de forma pasiva trató por todos los medios de terminar con la escena, muy divertida para muchos y triste para otros, pero la realidad era que tomaban las terapias de grupo como un fabuloso espectáculo, sin compadecerse de la demencia de los enfermos, o su estado de semiinconsciencia provocada por los psicofármacos, y la tortura de la propia vida.

Pero todo no quedó aquí, pues cuando la cosa pensamos estaba calmada, una paciente como de veinte años o quizás menos se lanzó inesperadamente contra uno de los enfermeros y lo abofeteo varias veces profiriéndole las peores ofensas.

Los presentes casi no entendíamos las razones, y hasta pensamos en una crisis nerviosa, pero no fue así, todo indicaba que la jovencita estaba muy clara de lo que hacía , y mucho más cuando escuchamos los fuertes gritos acompañados de la palabra - descarado, me violaste y me robaste el dinerito que mi mamá me trajo en la ultima visita, hasta los cigarros me los robaste, …! sí me preñas prepárate ..!-

Los médicos se miraron unos a los otros ocultando una sonrisa maliciosa, entonces fue cuando el señor medio calvo y del tic nervioso mirando para el médico de la sala de los crónicos le dijo con voz severa al enfermero que estaba precisamente sentado a su derecha que le inyectará una dosis de parquisonil, y la amarrara a la cama, y si continuaba tan agresiva, ya sabía qué hacer.

Los demás enfermos no entendíamos bien aquella actitud, tal vez muchos de los trabajadores allí presentes tampoco, pero era la voz de jefe y tenían que cumplirla, después supe que la muchacha fue remitida a la sala de los crónicos pues no dejaba de culpar al enfermero de la violación, y del robo, y allí como en todos los lugares del mundo la fuerza imperaba.

Pasaron varios días de aquel suceso que quedó impune como todas las cosas y yo me convertía nuevamente en testigo de otra injusticia.

Desgraciadamente el que llega a un hospital psiquiátrico inmediatamente adquiere su titulo de loco que es inviolable ante los ojos de los médicos, pacientes, familiares y mundo en general, por lo que pierden credibilidad tus palabras, y aunque digas la verdade nadie te escucha.

Cualquier cosa que te suceda dentro de los dominios psiquiátricos tengas o no la razón pasan a engrosar los síntomas del enfermo y se resuelven con aumentarle la dosis del medicamento, que lo único que te resuelve es mantenerte todo el tiempo como un zombi vagando por los pasillos y las salas de este infierno, que para mi era pero que el infierno de Dante, y digo así por el refrán que dice “No van lejos los de adelante si los de atrás corren bien”, no pasaron ni cuatro días volví a ser testigo de otro suceso , pero esta vez en carne propia.

Como no era una enferma calificada de crónica se me apartó a otro cubículo para después trasladarme al hospital de día y así lograr mi total restablecimiento.

El medico que me asignaron en esta sala no era otro que el doctor Tonito, hombre joven y simpático de apariencia bondadosa y sobre todo muy varonil e inteligente, todo esto sin dejar de reconocerle sus posibilidades de Don Juan ,por lo menos así se comentaba de él y lo pude comprobar rápidamente.

La primera consulta fue muy agradable, conversamos cinco horas temas sobre la vida , la literatura , mis gustos e ideas y mis sueños frustrados. Le conté sobre Miguel mi amor por el, pero su psicología pudo más que mis palabras e inmediatamente descubrió que detrás de mis anécdotas se ocultaba toda la soledad del mundo, y sin perdida de tiempo la aprovecho al máximo.

Así se ganó mi confianza, como era lógico, pues cuando la soledad nos golpea cualquier mano que aparente caridad nos envuelve, cualquier gesto es una compasión, cualquier palabra nos suena sublime, y comenzamos a buscar con el afán de encontrar todo lo que nos falta, y más si la persona es comprensiva, y aparenta desinterés y así es como caemos en baches imperdonables.

Al otro día de la consulta me llevó al cuarto varios libros de poesía, entre ellos los de Geoconda Belli , Alfonsina Extorné y otros, diciéndome qué me los prestaba para que me entretuviera.

Como es de esperarse aquello fue para mi el mejor gesto y el mejor bálsamo y mucho más cuando sacó de su bolsillo una hermosa rosa roja.

Este detalle me humedeció los ojos, ¡cuánto tiempo hacia que no recibía una señal de ternura! .Innegablemente era un hombre de detalles, capaz de hacerme confiar y lo peor de seducirme.

Así fue como comenzó nuestra amistad, llena de detalles, confianza, conversaciones agradables, comprensivas, saludos tiernos y delicados, sicoterapias y sobre todo ningún día a partir de este me faltó una rosa.

Todas estas galanterías unidas a uno que otro verso de Neruda, sobre todo aquel que dice “Me gustas cuando callas porque estas como ausente”. Se convirtió en una constante para mis necesidades espirituales, y mientras yo me llenaba de optimismo, él hacía todo lo posible por tragarme con su espesa continencia.

Lo cierto fue que me llegó a ser tan imprescindible que no veía las horas de que amaneciera para regresar mansa al calor de sus palabras.

Todo marchaba bien hasta ese día de diciembre. El frío azotaba con fuerzas en aquel lugar tan apartado de la ciudad. El centro hospitalario había sido construido en su primera instancia como sanatorio para tuberculosos, después se adapto a hospital psiquiátrico, podrán imaginarse la zona y el microclima.

Era una construcción no muy sofisticada pero de tres plantas, ventilada y con un gran patio de recreo, comedor en todos los pisos, cocina y en la planta baja las consultas internas y de urgencia. Un salón para actos y dos salas de psicoterapia colectiva, además de una amplia sala de espera con grandes ventanales que cubrían todas las paredes y con estas la visibilidad campestre se denotaba ampliamente por cada una de ellas.

Una fina llovizna de invierno caía de forma juguetona sobre los cristales de la ventana de mi habitación provocando con su sonido una tierna melodía , música que yo escuchaba como un alivio ,aunque en muchos instantes pensé me llevaba hacia la eternidad, y así escapar con ella de tanta desmesura humana.

Me asomé a una de las ventanas y a lo lejos divisé como el viento despeinaba las altas palmas y los árboles más frondosos. Caía la tarde una vez más y el sol muy leve se despedía con su agradable preeminencia dando paso a la noche tierna y silente como todas, en aquel lugar llenándome de añoranza y agudizando mis tristes recuerdos.

Extasiada con el paisaje estuve por mucho tiempo y con este se agito mi eterna nostalgia. Miguel lejano, mi tranquilidad inalcanzable, mi verdad contra todo aquel silencio, la soledad, en fin no puedo explicar cuantas cosas me impulsaron por aquellos pasillos en busca de conversación. Quizás fueron los ángeles del demonio los que pusieron dentro de mí el licor del desespero, con una fiebre de voces internas que nunca me dejaba tranquila.

Mi compañera de cuarto venía de la consulta del médico de guardia. Ella junto a su hermana fueron a pedir un pase de fin de semana, fue así como supe que Tonito estaba de guardia esa noche.

Con palabras no puedo expresar la alegría que me invadió la noticia, y sin pensarlo dos veces corrí por la escalera como una adolescente desmedida y con el pecho abierto de tantas necesidades espirituales.

Tonito me recibió con sorpresa primero entusiasmado, después cauteloso. Sus grandes ojos azules le radiaban como nunca antes, por lo menos para mi eran los más cristalinos, los más llenos de amistad y compresión, en fin los que necesitaba para que mirándome calmaran mis penas.

Me disculpé por molestarlo en sus quehaceres, pero el tomándome de la mano, me invitó a sentarme en una de las sillas junto al buró de consultas, a la vez que me preguntaba cariñosamente qué me sucedía. Yo mucho más inmadura que antes, y con una timidez asombrosa, le dije que me sentía sola, y sonriéndole le pedí me hablara como siempre lo hacía.

El con su inteligencia supo que mi debilidad eran la palabras cariñosas, el afecto expresado sin tapujes. Que me permitiera desahogar mi vedad, y el me lo permitió todo sin reservas, aunque en sus adentros los dobles objetivos lo dominaran.

Sin mucho protocolo me dijo que me sentara en un sillón de descanso que estaba cerca de la camilla, y allí fui obediente, mientras el se subía sobre la camilla con un donaire juvenil y sensual.

Su primera pregunta la dirigió a cómo me sentía en esa noche tan cerca del fin del año, - ¿triste verdad?- , me repitió con voz muy bajita .le afirmé que me sentía muy triste mientras clavaba la mirada sobre las finas lozas del piso.

Estaba aún bajo los efectos de los psicofármacos que me suministraban en dosis espantosas, por lo que muchas veces tenía crisis de vacío mental y otras de una relajación inesperada., por lo que sin saber como comencé a llorar con un llanto recalentado y torpe, tratando de ahogar entre mis lágrimas todo el dolor que sentía

El se puso de pie me tomó por las manos y me paró frente a su varonil cuerpo, entonces comenzó a apretarme contra su pecho lentamente, me miró a los ojos, y yo lo sentí hasta en lo más intimo, pero mi trauma lo confundió todo, creyéndolo un fiel amigo cariñoso y tierno. Así sin palabras me beso muchas veces el pelo, las mejillas, diciéndome en todo momento que no me preocupara que la vida me iba a cambiar muy pronto.

De golpe se separó y encendió un cigarrillo, el que después de dos exhalaciones destruyó con las manos. Se paseo de un lado a otro de la consulta, con cierta inquietud no demostrada anteriormente.

Hoy pienso que mi ingenuidad tuvo la culpa si no es que todo tiene su precio y su minuto. O como dice el refrán popular, “después del babeo la mordida”, aunque realmente fue un hombre resurgiendo de sus impulsos carnales, por lo que mientras yo me extasiaba con su supuesto cariño tan necesario para mi, el me deseaba como hombre y pensaba mi necesidad era la misma.

Confundida y sin saber qué hacer en aquel momento me refugié en mis recuerdos con Miguel salvándome, después luché incansablemente contra aquellos ojos azules que me tenían confundida y seducida aunque no lo aceptará, y mucho más cuando chocaban con mis carencias espirituales. Él sabia que yo me hundía en la peor de las incertidumbres, por eso urgentemente planificó la forma de poseerme vulgarmente.

Por lo que como todo animal en celo se abalanzó sobre mí y tomándome por los hombros con mucha fuerza me arrastro hasta la pared apretándome contra ella, a la vez que me obligaba a tomarle el miembro con una de mis temblorosas manos, el cual no sé todavía en que momento liberó de su pantalón.

Sorprendida, asustada, llena de pánico y sin saber que hacer ante aquella situación tan violenta y poco agraciada para mi gusto y trauma me quedé impávida y mucho más silente, pero a el nada de eso le importó , por lo que continuó su maniobra con mis manos sujetas a la fuerza y tratando de solucionar su erección lo antes posible.

Cómo era posible que actuara así conmigo, por qué rompía tan brutalmente todo el hechizo. No tendría otra forma de calmar su apetito sexual, estaría tan necesitado de una mujer solamente para poseerla sin amor, sin delicadeza, sin cariño? Y mientras el me zarandeaba en su afán de llegar a eyacular, mi admiración por el se desplomaba.

Hasta llegué a pensar que era un loco más dentro de aquella apariencia comprensiva y desinteresada que me había vendido desde que lo conocí.

No puedo asegurarme de cuantas preguntas cruzaron por mi menta atribulada en aquel momento, y de las cuales el se aprovechó porque sabía de mi perturbación y necesidades, por lo que al no poder resolver con mis manos, me subió bruscamente el ropón de hospitalizada y comenzó a tocarme los muslos más en celo todavía, y lamiéndome sin parar.

Sin muchas fuerzas para defenderme me mantuve rígida sin ningún tipo de movimiento corporal , auque la mente era como un huracán en pleno azote, asegurándome una vez más de que después de Miguel, tan tierno y cuidoso , estaba destinada a ser violada por todos los hombres que se me acercaran . Tal vez era mi forma de actuar, tal vez mi destino, porque los viejos dicen que las personas nacen con su estrella y nada ni nadie puede contra lo que traemos en el libro de la vida.

Otros aseguran que la yagua que esta para uno no hay vaca que se la coma, en fin tantos dichos y mitos se agolparon en mi cabeza, unidos a la poca fortaleza que tenía para resistirme a causa del exceso de medicamentos, entre antidepresivos, ansiolíticos, relajantes, soledad, en fin mi organismo estaba bajo los efectos de la droga y lo peor del caso, él estaba muy claro de lo que me estaba haciendo premeditadamente.

Sin el más pequeño acto de seducción o ternura me hizo el amor de pie atropelladamente, como un perfecto animal, rasgando mi vagina no preparada par la penetración en esos momentos.

Al fin terminó con mucho trabajo su gran hazaña de macho fuerte, ligón e irresistible, y mientras yo me desplomaba contra el piso sin fuerzas, ni voluntad., el se trataba de quitar los residuos del sexo bajo la abundante agua de la llave del lavamanos.

Me puse de pie a duras penas, y tratando de reponerme de lo acontecido me le acerqué preguntándole como una autómata, si estaba satisfecho con tan poco.

El me miró de soslayo y se alejo secándose las manos de espalda, yo continué arremetiendo contra el mi dolor, llamándolo bárbaro, incivilizado, vulgar, por lo que me dijo groseramente.

¿y tú qué querías después de ofrecerteme todo el tiempo?... una mujer no puede ser así como tú eres. Aprende que entre un hombre y una mujer no existe amistad, ni poemas, ni flores, mucho menos charlas románticas, todo eso conduce a esto que acaba de suceder entre nosotros. ¿No es lo que buscabas?.

Nada le respondí para qué sí tenía razón en parte. No precisamente quería me hiciera el amor, pero si encontrar en él a alguien que me permitiera desahogarme espiritualmente, tal vez en mi subconsciente me gustaba, pero no para esa brutalidad, si hubiera sido más inteligente, a lo mejor hasta lo hubiera amado, pero no me dio tiempo para eso, como todos el sexo era lo primero.

Ya nada podía remediar con palabras, el hecho estaba consumado y mi cuerpo se había convertido en poco tiempo en un títere de todos los deseos carnales.

El asco me consumía por dentro y por fuera, aunque sabía que tenía que luchar una vez más contra la prepotencia masculina, madurar, volverme una piedra, ocultar mis sentimientos, y mi verdad. Comprender de una vez que no había amistad sincera entre diferentes sexos, que los hombres siempre estaban en celo, siempre con el deseo en la mente, machos primero, seres humanos después. Todo esto lo tenía que aprender… ¿pero cómo, si no había renunciado a la vida , ni al amor.

La realidad y mi realidad eran muy duras, había ganado un hueco más y la desolación y la decepción junto al abatimiento sentimental aumentaban su trayectoria en la desconfianza que ya tenía anteriormente, reafirmándome a cada segundo que el sexo lo dominaba todo. Ya no existían príncipes azules como los que guardaba en mis pensamientos, y que yo los veía llegar tomándome por el talle y elevándome al cielo junto con el beso más sublime.

Un fuerte portazo me sacó de aquellos pensamientos, era Tonito que salía de la consulta dejándome una vez más hundida en mi calvario y juzgándome con mucha más severidad que al principio.

En ese momento volví a pensar que lo mejor para mi era morir, desaparecer de tanta violencia, qué lejos de la realidad había vivido durante veintitrés años y ahora los golpes a la inocencia no dejaban de sacudir mi razón y mis sentimientos. ¿Qué hacer me pregunté muchas veces? Pero las respuestas no llegaban, lo mejor era huir, huir de aquel segundo infierno terrenal.

Al otro día muy tempranito firmé el alta a petición y me fui de aquel lugar a ocultar mi pena y mi impotencia quién sabe en que recodo de mi propia vida.